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LA CICATRIZ

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Las vidas son ríos y los ríos son inconscientes: fluyen, pasan, arrastran sedimentos con saña erosiva y, sin saberlo, dejan huella en la piel que tocan para desembocar y fundirse en una nada global.

David Ramiro Díaz, autor y director que ya nos dejó ver su interés por el mundo de la pareja en “Píntame”, llega en esta ocasión dando una vuelta de tuerca y hablando de tú a tú a un público capaz de enfrentarse a situaciones más adultas, por lo menos en cuanto a propuesta se refiere y nos invita a presenciar un episodio de dos vidas que se cruzan y sienten la necesidad de atacarse. Tras devaneos y búsquedas de la propia identidad y del papel desempeñado en el juego de las relaciones, cada uno ejerce su poder. El amor, como la pasión, son dos estrategias de posesión en un juego de dominación y sometimiento que asumen nuestros dos personajes: Estela, una mujer de posición que busca no el amor que halla satisfactoriamente en su matrimonio, sino una atracción casi hormonal que su marido no proporciona, amén de compañía para conjurar la soledad. Ese ser inicialmente dominante es Dámaso, un gigoló que recorre distintos nichos hasta encontrar su posición en el caleidoscopio vital. Esta relación deja huellas, hace transitar a los personajes entre los extremos de su capacidad y produce una síntesis tras la experiencia de ocultación y oscura y desnuda sinceridad.

Un tema atractivo y poco tratado en los escenarios, la prostitución masculina, que sin embargo el autor no ha querido explotar en toda su profundidad . Se hubieran agradecido quince minutos más para que el personaje de Dámaso nos adentrase realmente en las tripas de este monstruo que devora su vida y le aboca a la soledad. Tan sólo unas pinceladas de su cruel realidad en detrimento de la continua exposición sentimental por parte de Estela, quizás como expiación a su propia conciencia culpable, pero sinceramente, innecesaria porque aquí no es un cuestión de sexos; es una cuestión de quién se vende y por muchas vueltas que le den la víctima es él.  Pero obviamente es el dramaturgo quien lleva las riendas y sabe hacia dónde nos quiere llevar.  Aunque  atentos a ese giro de los personajes cuando se produce el cambalache de emociones.  Ironía fina que se te queda pegada al paladar para que vayas degustando lentamente bocados de realidad.

Bajo una iluminación sutil y eficaz que suple la humilde escenografía, vemos a dos jóvenes actores que sustentan a estos dos personajes siempre abrumados por la cara b de su propia historia. Aunque hay que destacar que a pesar de tener menos texto es Álvaro Quintana el que se come el escenario de principio a fin.  Proveniente de la maravillosa cantera de La Joven Compañía y al que podremos ver en breve de nuevo en Proyecto Homero, nos dibuja una serie de matices en su personaje que quizás Adriana Salvo no tiene posibilidad de mostrar al moverse su Estela en el mismo registro dramático, tan lineal y quizás plano, desde el inicio  de la función.

En definitiva,  disfrutamos de una obra altamente recomendable, con sus aciertos, sus fallos, pero muy loable por su invitación a la reflexión y sus planteamientos que a más de un espectador le hacen removerse inquieto en la butaca.

¡Ah! Y por desgracia no podemos abandonar esta crónica sin dar un tironcillo de orejas a la sala. Señores de los Teatros Luchana, tienen ustedes un espacio sumamente atractivo y con una programación que poco a poco se va consolidando para ofrecer calidad y variedad.  Es muy difícil disfrutar de una función con esos terribles problemas de insonorización de las salas. Hace tiempo que la gente se viene quejando de este problema y ustedes lo saben y no lo solucionan. Ahí lo dejamos…

Escrito y dirigido por David Ramiro Rueda

Reparto: Adriana Salvo y  Álvaro Quintana/ José Ygarza
Fotografía y Arte Sergio Lardiez
Diseño Gráfico Sensa Design | SensaD.com
Iluminación y Sonido Daniel Esparza/Helena González
Vestuario ¡Qué Guapa!
Director de Producción Eduardo de los Santos
Producción SerieTeatro | Hypnos Films | LardiezStudio

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