Color sin nombre
Un no sé qué…
Este espectáculo viene firmado por, literalmente, José Maya & Mark Rothko. Aquél aporta cante y baile inmersos en el universo flamenco; éste la inspiración de sus lienzos desde otro lenguaje, plástico y estético. La elasticidad del flamenco no conoce límites en su adaptabilidad a marcos poco convencionales. Cualquier estímulo puede servir de catalizador en el proceso de creación, máxime en ámbitos de emoción de génesis espontánea.
Las atmósferas visuales incorporan la inteligencia artificial y la tecnología digital para crear espacios inquietantes en su devastación. No son tan sólo el contexto en el que se desenvuelven el duende y el genio de José Maya; son también elementos de significación estructural en la obra total. La obra de Rothko aparece, pristina y pura, entre naturaleza extrema, ruinas clásicas y música… A partir de ahí, con vestuario sencillo y discreto, José del Calli, Delia Membrive (maravillosa la profundidad de su voz) y Rafael Jiménez al cante; Lucky Losada, percusión y Rycardo Moreno a la guitarra, componen esta procesión ritual de sensibilidad y estética. En un recorrido por distintos palos, el viaje por los diversos paisajes del alma circunda a José Maya, que juega en casa, literalmente.
La iluminación juega un papel predominante en este montaje, creando o sugiriendo el foco de atención en una escenografía desnuda habitada por proyecciones y animaciones digitales. La música aprovecha la potencia y vitalidad del directo y el zapateado aún permanece en tímpanos y retinas.
Propuesta interesante por su apertura a retos estéticos de vanguardia, incorpora la pintura radical de Rothko a sones y movimientos que forman parte de la memoria colectiva de nuestra sociedad, alejándose de la convencionalidad previsible de propuestas flamencas tradicionales.
Lo mejor:
La compacta calidad de baile, cante y toque.
Lo peor:
La endiablada acústica de la sala.
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