Las noches de lluvia piden introspección, intimidad; no son noches de efectismos. Hoy un loco nos invita a entrar en su normalidad: vamos a leer su diario. John Donne ya nos recordó que no somos islas. Este loco, desde su isla, desde su aislamiento, emprende una deriva de puertos ya conocidos. Nada nos asusta en esos senderos tan transitados, todo es previsible. Los delirios alimentan otros delirios y al final, tras sumar todos los ingredientes de este plato (amor no correspondido, alienación y rutina laborales y algún que otro desequilibrio innato), el resultado sabe a nouvelle cuisine: actual y sorprendente, picante y dulce, sonriente y amargo.
El tándem Español-Matadero nos tiene bien acostumbrados: su programación es audaz, pero nunca defrauda. Sus apuestas tienen la dignidad de lo público; o sea, casi siempre bien hecho. Los medios invertidos hablan de convicción y compromiso, de sinceridad y vocación, de certeza dentro del riesgo. Esta vez, en un monólogo peligroso, José Luis García Pérez bordea territorios que conocemos e identificamos y nos arrastra hacía su mundo amarrando nuestros sentidos a través de su voz.
Ese cálido y ronco timbre que junto a sus gestos y miradas nos transporta hasta dejarnos suspendidos entre esas jaulas (perfecta escenografía) que encierran otras locuras. Cuando la magia termina y la luz se apaga, la sonrisa se nos hiela en los labios y persiste el sabor terrible de la vida. Sí, es teatro, pero al mismo tiempo es vida, sufrimiento, esperanza, camino y proceso. Gógol no es un romántico, pero es digno heredero de su época. Ante un universo poderoso y hostil, sólo cabe la huida en este caso, al estilo germánico: la imaginación viaja hacia mundos exóticos, con un billete de ida en la cartera, tras haber quemado sus naves. El retorno no existe. En la calidez de este vientre protector parece que no pasa nada; es fuera donde la vida mancha, duele y moja; es fuera donde llueve sin mansedumbre. Y no podemos resistirnos a vestir durante unos momentos el traje del funcionario Aksenti Ivanovich y preguntarnos : ¿Por qué yo soy lo que soy?
Ese cálido y ronco timbre que junto a sus gestos y miradas nos transporta hasta dejarnos suspendidos entre esas jaulas (perfecta escenografía) que encierran otras locuras. Cuando la magia termina y la luz se apaga, la sonrisa se nos hiela en los labios y persiste el sabor terrible de la vida. Sí, es teatro, pero al mismo tiempo es vida, sufrimiento, esperanza, camino y proceso. Gógol no es un romántico, pero es digno heredero de su época. Ante un universo poderoso y hostil, sólo cabe la huida en este caso, al estilo germánico: la imaginación viaja hacia mundos exóticos, con un billete de ida en la cartera, tras haber quemado sus naves. El retorno no existe. En la calidez de este vientre protector parece que no pasa nada; es fuera donde la vida mancha, duele y moja; es fuera donde llueve sin mansedumbre. Y no podemos resistirnos a vestir durante unos momentos el traje del funcionario Aksenti Ivanovich y preguntarnos : ¿Por qué yo soy lo que soy?
Texto: Nikolái V. Gógol
Dirección: Luis Luque
Intérprete: José Luis García-Pérez
NAVES DEL ESPAÑOL.MATADERO
