LA VIOLACIÓN DE LUCRECIA
Música
José de Nebra
Versión
Rosa Montero sobre originales de Nicolás García Martínez
Dirección musical
Alberto Miguélez Rouco
Reinar después de la muerte.
José de Nebra rubrica la partitura y Nicolás González el libreto de “Donde hay violencia no hay culpa”. Casi tres siglos después de su última representación es el Teatro de la Zarzuela la sede de su resurrección en esta versión con novedades que la alejan también de otros dos famosos referentes: Shakespeare y Britten. Ya la variación del incómodo título comienza a empaquetar el clásico hacia tiempos contemporáneos.
Rosa Montero remienda una entretela en los sutiles tejidos del original al incorporar la presencia de una narradora que, desde su balcón de actualidad, cuenta, aclara, explicita, contextualiza, desmenuza y mastica los no muy enrevesados avatares de esta historia datada en los últimos años del imperio romano antes de su paso a la república. Con la técnica del teatro dentro del teatro, se narra la acción en un triple plano: es una ópera barroca del siglo XVIII sobre hechos del imperio romano pero contemplados y juzgados desde atalayas actuales. La narradora es omnisciente y anticipa aquello que el nuevo título ya no oculta. Con brochazos de humor inicial interroga al público e indisimuladamente vierte su opinión sobre lo sucedido ya descontextualizado intentando intervenir reconduciendo argumentos y temas.
En el reparto tan femenino de esta versión es Sexto la proyección de la masculinidad atractiva, aunque alienadora, en su violencia poderosa, frente a Colatino (marido ofendido), por contraste tan contemporizador en sus racionales debilidad e indefinición. Se reduce significativamente el número de actores del libreto original en la búsqueda de concreción en la trama medular. Las voces de María Hinojosa y Marina Monzó brillan en su expresividad y técnica. Carol García y Judit Subirana complementan este reducido elenco vocal con la adición de Manuela Velasco y la presencia simbólica, estatuaria y casi muda de Borja Luna.
Alberto Miguélez Rouco dirige a su Ensemble Los elementos con instrumentos historicistas cuya actuación en el foso es admirable. Su conocimiento y su ejecución multiinstrumental desembocan en una preciosista interpretación que nos devuelve a la pureza de acordes, atmósferas y ensoñaciones de otros siglos.
Rafael R. Villalobos diseña la dirección escénica y el vestuario y Emanuele Sinisi la escenografía con decisiones simbólicas y conceptuales en su semántica funcional y expresiva. Los decorados, atemporales, juegan con la idea de planos, niveles y estratos, incluso con la doble escena, muy pictórica, ya presente en Velázquez y la maratina muerte en la bañera… La iluminación de Felipe Ramos juega sabiamente con los centros de atención y la eficacia de las sombras en su plasticidad significativa. El resultado es impactante y discreto, con elementos que apoyan la acción sin interferir ni estorbar.
Obra extraída de la estética globalmente barroca, quiebra su limpio cristal en aras de una actualización innecesaria. No es el libreto en el que la preciosa partitura anidó. Con sus saltos, reiteraciones y recursos melódicos y vocales originales, ciertas resurrecciones resultan irreconocibles.
Lo mejor:
La música (dirección y ejecución) y la escenografía.
Lo peor:
La forzada modificación del libreto original que altera la forma y el espíritu primitivos.
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